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CUBA EN JUEGO Y LIBERTAD.

 

Diosmel Rodríguez Vega
Miami, Noviembre l5 de 1997

            La Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estados y de Gobiernos, celebrada recientemente en la isla de Margarita, Venezuela dejó bien claro y determinante que la democratización de Cuba, o lo que es mejor,  sacar a Fidel Castro del poder es tarea y responsabilidad única de los cubanos.

            Históricamente, y fue nuestro principal fracaso, pensar que era interés de gobiernos y fuerzas extranjeras la democión del Gobierno Cubano, poniendo en sus manos esperanza y responsabilidad. La vida nos demostró que en política a nadie le interesa el dolor ajeno y los intereses económicos o de grupos están por encima de la razón y la verdad.

            Ha sido fatal para nuestro pueblo ese compás de espera, el problema se ha prolongado tanto,   que hemos sido arrastrados por la inercia del poder y un estado de reacomodo nos ha embargado a todos, aunque nunca llegásemos a perder el sentido de la libertad.

            La lucha política necesita algo más que el sentimiento o deseo de ser libre, tiene que estar precedida de ese pasionismo, que se convierte en una obsesión, donde el individuo lo da todo a nombre de la causa que defiende, se moviliza y moviliza las fuerzas necesarias y pone sus energías e inteligencia al servicio de su causa.

            Tantos factores negativos se han juntado alrededor de nuestra causa, que por acumulación, más la bien diseñada política totalitaria, nos han dejado sin la credibilidad real de cambios en Cuba por nuestra propia voluntad. No es menos cierto que se ha ganado un gran espacio en la lucha pacífica, pero algo muy peligroso se cierne sobre la oposición cubana: la falta de estrategia para seguir adelante y de una cultura de reacción individual como pueblo, que pueda desencadenar un estallido social espontáneo, sin necesidad de líderes.

            El gobierno, convencido de que no está obligado a conveniar el poder, no  lo pone en riesgo, por lo que no está dispuesto a permitir que las fuerzas democráticas se estructuren de forma tal que pueden convertir el descontento popular en un elemento de choque contra él mismo.
        
            Un gobierno militarista, con un alto poder de fuego y capacidad mivilizativa por el método de compulsión social, no se le puede enfrentar con sus mismos métodos, a no ser que se tenga una fuerza igual o superior para hacerlo o que la acción parta de una reacción interna. La práctica ha demostrado que no contamos con los mínimos recursos, ni siquiera para mantener una lucha pacífica y nuestros hermanos en la Isla se debaten entre la represión, el hambre y las enfermedades, ante los ojos atónitos e impotentes de los que los quisieran ayudar.
         
           Históricamente, los cambios políticos en el mundo se han logrado cuando en ellos han estado interesadas o involucradas las fuerzas del poder, fundamentalmente de carácter económico Los pobres generalmente actúan en interrelación con los ricos, o al menos con los que puedan movilizar algún recurso. Lo que si no hay es proceso político que fructifique sin un respaldo económico.                                                                                                                                                                    
           Volviendo al caso cubano, estamos frente a un gobierno inmensamente rico, con total capacidad de maniobra, sin ataduras legales ni institucionales, que puede movilizar cuantos recursos sean necesarios en favor de su poder y del poder ajeno. Gobiernos y guerrillas se han visto beneficiados por esta capacidad de decisión en todas partes del mundo y los gobiernos latinoamericanos lo saben muy bien.

            Poderosas razones económicas le asisten a personas y gobiernos, que no le permiten tomar una posición vertical frente al caso cubano, y a muchos hasta les conviene la ausencia de Cuba en diferentes mercados, principalmente en el norteamericano.
          
           Hay que reconocer que el Gobierno cubano logra, mediante el régimen totalitario, cierta tranquilidad social que satisface las aspiraciones mínimas de la ONU y una equidad social donde el hambre generalizada no alcanza la categoría de hambruna. Bajo estos conceptos se podría llegar a pensar que con algunas mejoras la esclavitud no era tan mala. Las justificaciones de los organismos internacionales de hoy bien podrían ser las mismas de aquellos tiempos, sólo basta observar las reflexiones de nuestro Apóstol José Martí, que en nada difieren a nuestros problemas de hoy.
           
          Se fue una Cumbre más y con ella la esperanza de un pueblo, mientras desde las cárceles sus hijos cambian la mirada hacia la visita del Papa, en tanto  se anuncia una misa en la Habana con la presencia del anticristo “cristiano”  Fiel Castro.

            ¡Vaya Padre! Que el Señor lo bendiga, si con su visita trae la justicia de Dios  y la comprensión de los hombres.

 



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