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De la
Dictadura
a
la Democracia
por
Gene Sharp
¿Golpes de estado,
elecciones, salvadores extranjeros?
Un golpe
militar contra una dictadura puede parecer, relativamente hablando, una
de las maneras más rápidas y fáciles de quitarse de encima un régimen
particularmente repugnante. Sin embargo, existen serios problemas con
respecto a esta técnica. Lo más importante es que deja intacta la
distribución negativa del poder entre la población y la élite de control
del gobierno y sus fuerzas armadas. Lo más probable es que la supresión
de personas o camarillas de las posiciones del gobierno, de pie para que
otro grupo semejante ocupe su lugar. Teóricamente este grupo puede ser
menos duro en su comportamiento, y más dispuesto a abrirse de manera
limitada a las reformas democráticas. Sin embargo, el caso opuesto es lo
más probable.
Después de consolidar su posición, la nueva camarilla puede resultar más
despiadada y más ambiciosa que la anterior. Por lo tanto, la nueva
camarilla—sobre la que quizás se habían fincado las esperanzas—podrá
hacer lo que quiera sin preocuparse de la democracia o los derechos
humanos. Esta no es una respuesta satisfactoria al problema de las
dictaduras.
Bajo una dictadura las
elecciones no se pueden usar como instrumento para un cambio político
significativo. Algunos regímenes dictatoriales, tales como los del
antiguo bloque oriental dominado por
la Unión Soviética, simularon elecciones sólo con el propósito de
aparentar ser democráticos. Pero estas elecciones eran simples
plebiscitos rigurosamente controlados, para obtener la aprobación
pública de los candidatos escogidos por los dictadores. Estos, de cuando
en cuando, debido a la presión a que están sometidos, podrían tal vez
aceptar nuevas elecciones, pero estas estarían manipuladas para colocar
marionetas civiles en los puestos de gobierno.
Si a los candidatos de
la oposición se les hubiera permitido concurrir a las elecciones, y
hubieran sido electos como ocurrió en Birmania en 1990, o en Nigeria en
1993, los resultados habrían sido simplemente ignorados y los supuestos
“vencedores’ habrían estado sujetos a intimidación, arrestados o hasta
ejecutados. Los dictadores no están interesados en unas elecciones que
puedan apartarlos de su trono.
Muchas personas que
actualmente están padeciendo bajo una dictadura, o que han tenido que
exilarse para escapar de sus garras, no creen que los oprimidos puedan
liberarse por sí mismos. Ellos no esperan que su pueblo pueda ser
liberado sino por la acción de otros. Ponen su confianza en las fuerzas
extranjeras. Creen que sólo una ayuda internacional puede ser lo
bastante fuerte como para derribar a los dictadores.
Esa visión de que los
oprimidos son incapaces de actuar eficazmente es algunas veces correcta
por tiempo limitado. Como hemos apuntado, con frecuencia la población
sometida no quiere la lucha, y está temporalmente incapacitada para ella,
porque no tiene confianza en su propia capacidad de enfrentar la
dictadura feroz, y no ve una manera razonable de salvarse por su propio
esfuerzo. En consecuencia, no es extraño que confíe sus esperanzas de
liberación a la acción de otros. Las fuerzas externas pueden ser: la
“opinión pública”, las Naciones Unidas, un país en particular o
sanciones internacionales económicas y políticas.
Una situación así puede parecer consoladora, pero existen graves
problemas en cuanto a la confianza depositada en un salvador foráneo.
Esa confianza puede
estar puesta en un factor totalmente errado. Por lo general, no van a
llegar salvadores extranjeros. Si interviene otro estado, probablemente
no deba confiarse en él.
Hay unas cuantas ásperas
realidades con respecto a esa confianza en la intervención extranjera
que habría que destacar aquí:
.
• Con frecuencia los estados extranjeros tolerarán, o ayudarán
inclusive, a la dictadura a fin de avanzar sus propios intereses
económicos o políticos.
• Los estados extranjeros podrían estar dispuestos a vender al pueblo
oprimido a cambio de otros objetivos, en lugar de mantener las promesas
que le hicieran de ayudarlo en su liberación.
• Algunos estados extranjeros actuarán contra la dictadura, pero solo a
fin de ganar para si mismos el control económico, político y militar del
país.
• Los estados extranjeros podrían involucrarse activamente para fines
positivos sólo cuando hubiere un movimiento interno que ya haya
comenzado a sacudir la dictadura y logrado que la atención internacional
se enfoque sobre la índole brutal del gobierno.
Por lo general, la causa principal que explica la existencia de las
dictaduras es la distribución interna del poder que existe en el país.
La población y la sociedad son demasiado débiles para causarle un
problema a la dictadura; la riqueza y el poder están concentrados en muy
pocas manos. Aunque las acciones internacionales pueden beneficiar, o de
alguna manera debilitar a las dictaduras, la continuación de estas
depende primordialmente de factores internos.
Sin embargo, las presiones
internacionales pueden ser muy útiles cuando apoyan un poderoso
movimiento de resistencia interna. Entonces, por ejemplo, el boicot
económico internacional, los embargos, la ruptura de relaciones
diplomáticas, la expulsión del gobierno de organizaciones
internacionales, la condena del mismo por alguno de los cuerpos de las
Naciones Unidas y otros pasos semejantes, pueden contribuir grandemente.
A pesar de todo, si no existe un fuerte movimiento de resistencia
interna, tales acciones por parte de otros, es poco probable que se den.
Los
peligros de las negociaciones:
Algunas personas,
cuando tienen que enfrentarse a los severos problemas de combatir una
dictadura, se echan para atrás, y caen en una sumisión pasiva (como lo
vimos en el Capítulo Uno). Otras, como no ven posibilidad alguna de
alcanzar la democracia, pueden llegar a la conclusión de que deben
buscar un arreglo con la dictadura, con la esperanza de que mediante la
‘conciliación’, el compromiso y las negociaciones, podrán atraer a
algunos elementos positivos y acabar con las brutalidades.
Superficialmente, por carencia de opciones más realistas, esta manera de
pensar es atrayente.
Una pelea seria contra las
dictaduras brutales no es una perspectiva agradable. ¿Por que hay que
recorrer ese camino? ¿No pueden todos ser razonables y encontrar maneras
de hablar, de negociar la forma de terminar gradualmente con la
dictadura? ¿No pueden los demócratas apelar al sentido común y de
humanidad de los dictadores, y convencerlos de que deben reducir su
dominio poco a poco, y quizás finalmente ceder por completo para que se
establezca una democracia?
A veces se argumenta que la
verdad no esta toda de un lado. Quien sabe si los demócratas no han
comprendido a los dictadores, que acaso obraron con buenas intenciones y
en circunstancias difíciles. Quizás algunos piensen que los dictadores
gustosamente se separarían de la difícil situación que vive el país, si
se les estimulara o se les tentara a ello. Podría argumentarse que a los
dictadores se les debería ofrecer una solución por medio de la cual todo
el mundo saliera ganando. Los riesgos y dolores de proseguir la lucha
podrían ser innecesarios—se puede argumentar—si la oposición
democrática sólo desea terminar el conflicto pacíficamente por medio de
negociaciones (que podrían quizás contar con la ayuda de algunos
especialistas o hasta de otro gobierno). ¿No seria eso preferible a una
lucha difícil, aún cuando fuera una campaña dirigida por la lógica de la
acción no violenta y no la de una guerra militar?
Ventajas y limitaciones de las negociaciones
Las negociaciones son un instrumento muy útil para resolver
algunos conflictos, y no deben desdeñarse o rechazarse cuando son
apropiadas.
En algunas situaciones, cuando ninguna asunto fundamental esta en juego
y, por consiguiente, es aceptable el compromiso, las negociaciones
pueden ser un medio importante para zanjar un conflicto. Una huelga
laboral en demanda de mayores salarios es un buen ejemplo del papel
apropiado de las negociaciones en un conflicto:
un acuerdo negociado puede conseguir un aumento promediado entre las
cantidades originalmente propuestas por cada una de las partes
contendientes. Los conflictos laborales, con sindicatos legalmente
establecidos, son, sin embargo, algo muy diferente de los problemas en
los cuales están en juego la existencia permanente de una dictadura
cruel o el establecimiento de la libertad política.
Cuando los asuntos por
resolver son fundamentales porque afectan principios religiosos,
problemas de la libertad humana o todo el desarrollo futuro de la
sociedad, las negociaciones no llevan a una solución satisfactoria para
ambas partes. En algunos asuntos básicos no se debe transigir. Sólo un
cambio en la correlación de fuerzas a favor de los demócratas puede
salvaguardar adecuadamente los asuntos básicos que están a discusión.
Ese cambio ocurre a través de una lucha, no mediante negociaciones. Esto
no quiere decir que las negociaciones no deban usarse nunca. El hecho es
que tales negociaciones no son un modo realista de librarse de una
férrea dictadura cuando no existe una poderosa oposición democrática.
Por supuesto que hay circunstancias en que las negociaciones pueden no
ser una opción. Los dictadores firmemente establecidos, que se sienten
muy seguros de su posición, pueden negarse a negociar con sus opositores
democráticos, O bien, cuando ya se hayan iniciado las negociaciones, los
negociadores democráticos pueden desaparecer y no regresar.
Rendición negociada?
Los individuos o grupos que
se oponen a una dictadura y se inclinan a las negociaciones, a menudo
tienen buenos motivos para hacerlo. En especial, cuando una lucha armada
ha continuado durante varios años contra una dictadura brutal sin una
victoria final, es lógico que todas las personas, sin importar su
filiación política, deseen la paz.
Es probable que los demócratas estén
especialmente dispuestos a negociar cuando los dictadores evidentemente
tienen la superioridad militar y cuando la destrucción, las victimas y
los perjuicios sufridos entre aquéllos ya no pueden soportarse más.
Habrá entonces una fuerte tentación de explorar cualquier otra opción
que pueda rescatar al menos algunos de los objetivos de los demócratas,
a la vez que pone fin a un ciclo de violencia y contra violencia.
La
oferta de “paz” mediante negociaciones que un dictador le haga a la
oposición democrática por supuesto no es del todo sincera. La violencia
podría ser inmediatamente terminada por los propios dictadores si tan
sólo estos dejaran de hacer la guerra contra su propio pueblo. Bien
podrían, por su propia iniciativa y sin ninguna negociación, restaurar
el respeto a la dignidad y los derechos humanos, liberar a los presos
políticos, acabar con la tortura y suspender las operaciones militares,
retirarse del gobierno y hasta pedirle excusas al pueblo.
Cuando la
dictadura es fuerte pero existe una resistencia irritante, puede que los
dictadores deseen lograr la rendición de la oposición bajo la cobertura
de “hacer la paz”. El llamado a negociar puede parecer atractivo, pero
dentro de la sala de negociaciones acaso se esconderían graves
peligros.
Por otra parte, cuando la oposición es excepcionalmente
fuerte y la dictadura se encuentra de veras amenazada, los dictadores
pueden buscar la negociación como una manera de salvar lo más posible, de
su capacidad de control o de sus riquezas. En ninguno de estos casos
deben los demócratas ayudar a los dictadores a lograr sus metas.
Los
demócratas deben desconfiar de las trampas que los dictadores les pueden
tender con pleno conocimiento de causa durante un proceso de
negociación. El llamado a negociar, cuando se trata de cuestiones
fundamentales de las libertades políticas, puede ser un esfuerzo por
parte de los dictadores para inducir a los demócratas a rendirse
pacíficamente, mientras que la violencia de la dictadura continúa. En
semejantes conflictos, las negociaciones solamente podrán jugar un papel
apropiado al final de una lucha decisiva, en la cual el poder de los
dictadores haya sido destruido y estén estos buscando pasaje seguro para
llegar a un aeropuerto internacional.
El poder y la justicia en las
negociaciones:
Si, esta opinión parece un comentario demasiado áspero
sobre las negociaciones, quizás deba moderarse un poco el romanticismo
que se asocia con las mismas. Es necesario saber cual es la dinámica de
las negociaciones. Una “negociación” no significa que las dos partes se
sientan juntas, como iguales, y conversan hasta resolver el problema que
produjo el conflicto entre ellas.
Es necesario recordar dos verdades.
Primera, que en las negociaciones no es la relativa justicia de los
puntos de vista en conflicto y sus objetivos lo que determina el
contenido del acuerdo negociado. Segunda, que el contenido de este lo
determinará mayormente la capacidad de poder de cada parte.
Se deben
considerar varias preguntas difíciles.
¿Qué puede hacer cada una de las
partes después para conseguir sus objetivos si la otra decide no llegar
a un acuerdo en la mesa de negociaciones?
¿Qué puede hacer cada una de
las partes, luego de alcanzado el acuerdo, si la otra rompe su palabra y
usa la fuerza de la que dispone para conquistar sus objetivos a pesar
del acuerdo?
En las negociaciones no se llega a un acuerdo mediante una
evaluación de lo bueno y lo malo de las cuestiones sobre el tapete.
Aunque sobre esto pueda discutirse mucho, los verdaderos resultados de
las negociaciones se derivan de una evaluación realista de las
situaciones de poder absoluto y relativo de los grupos contendientes.
¿Qué pueden hacer los demócratas para asegurarse de que un mínimo de sus
reclamaciones no serán denegadas? ¿Qué pueden hacer los dictadores para
mantenerse en control del poder y neutralizar a los demócratas?
En
otras palabras, si se llega a un acuerdo, lo más probable es que sea el
resultado del estimado que cada parte haga de la capacidad de poder de
ambas y, en consecuencia, calcule como podría terminar una lucha abierta
entre las dos.
Debe prestarse atención a lo que cada parte este
dispuesta a ceder para llegar a un acuerdo. En negociaciones exitosas
hay concesiones reciprocas. Cada parte consigue parte de lo que quiere y
cede parte de sus objetivos.
En los casos de dictadura extrema, ¿qué es
lo que las fuerzas pro-democráticas van a ceder a los dictadores? ¿Qué
objetivos de los dictadores tendrán que aceptar las fuerzas
democráticas? ¿Tendrán los demócratas que conceder a los dictadores,
(sean éstos un partido político o una camarilla militar), un papel
permanente, constitucionalmente establecido, en el futuro gobierno?
¿Dónde queda la democracia entonces?
Aún pensando que todo salga bien
en las negociaciones, hace falta preguntarse: ¿qué clase de paz saldrá
de ahí? ¿Será entonces la vida mejor o peor que si los demócratas
hubieran empezado o continuado la lucha?

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