PARTIDO CUBANO DE RENOVACIÓN ORTODOXA

                 

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Preámbulo de una lucha insurreccional
Por Raúl Chibás
   
Ya desde los días anteriores a la expedición del Granma yo tenía pocas esperanzas de que se resolvieran nuestros problemas políticos a través de elecciones convocadas por Fulgencio Batista. Su largo historial de despotismo no permitía ser optimistas. Aunque algunas personas señalaran las elecciones de 1944 en que triunfó Grau San Martín, candidato opositor al partido de Batista, como ejemplo que pudiera repetirse, yo no creía  que las condiciones eran las mismas. 

Tanto la oposición como el gobierno ofrecían un cuadro totalmente diferente. Saladrigas perdió esa elección frente a un movimiento político sólidamente estructurado y que era el único vehículo simpático  para las fuerzas que deseaban renovar el ambiente de corrupción  reinante. Por el contrario, en 1956 la oposición estaba fragmentada y nadie podía representar a cabalidad la corriente revolucionaria cubana. Precisamente los grupos más opuestos a llegar a ningún tipo de acuerdo con Batista eran los que mantenían más viva la llama revolucionaria.

Toda la mística de una nueva Cuba se concentraba en los grupos insurreccionales, aunque pocos consideraban tuvieran posibilidades de triunfo ante un enemigo poderoso, bien armado y teniendo en sus manos todos los recursos del poder y la bendición de los Estados Unidos.   

En cuanto a Batista no lo veía inclinado a permitir una victoria electoral de la oposición. Tenía  una presión mucho mayor de los hombres que cuatro años antes se aliaron con él para derrocar el gobierno de Prío Socarrás, así como el orden constitucional cubano. No se sentían seguros ni por su vida ni por su hacienda con el triunfo de un candidato oposicionista.

Además, todavía tenían ansias desorbitadas por repartirse el botín del erario público y no estaban dispuestos permitir que ese filón se les  escapara. Tanto Batista como sus seguidores de antaño se lamentaban del penoso exilio durante el período presidencial de Grau San Martín y del error de haber permitido su triunfo. “Batista para veinte años” era el lema usual de los secuaces de la dictadura batistiana.

Con el inicio del año 1957 se habían despejado varias incógnitas del panorama político cubano. La salida de la crisis no sería a través de una lucha electoral. El fracaso del diálogo cívico, ante la torpe e intransigente postura de los delegados de Batista, no le permitía ir a la oposición a una contienda electoral, ni con dignidad, ni con la más mínima garantía de ser respetados sus derechos. El clima insurreccional crecía por momentos y arrastraba a los que todavía tenían fe en el proceso electoral como la solución más adecuada, hacia una posición más radical, o se radicalizaban o perdían la masa del pueblo cubano.    

La llegada de Fidel Castro a las costas de la provincia de Oriente lo convertía en la figura principal de la posición insurreccional. Había cumplido su promesa de estar peleando en tierra cubana en el año 1956 y, aunque su status bélico era muy dudoso por esa época, una enorme cantidad de personas veían con simpatía su gesto rebelde. Durante los primeros días no se sabía en realidad si estaba vivo o muerto, y si es que estaba vivo, cómo quedaban sus planes bélicos.

El desembarco no había tenido el impacto deseado debido al retraso en la travesía y no coincidir con el levantamiento del Movimiento 26 de Julio en la ciudad de Santiago de Cuba. Esta demora en llegar a las costas cubanas les restó fuerza a los beligerantes, tanto en Santiago de Cuba como en la zona del desembarco. Sólo la ayuda heroica  y desinteresada de personas que residían en las inmediaciones de los lugares en que llegaron, y luego por todo el territorio nacional, permitieron que se salvaran las vidas de algunos de los expedicionarios y se mantuviera viva la llama rebelde.     .    

Después del brutal asesinato de Pelayo Cuervo no me quedó duda alguna, no se lograría solución a los problemas nacionales a través de conversaciones con las figuras del gobierno ni a través de sus vacías promesas de garantías para asistir a un proceso electoral. A fines de mayo las Instituciones Cívicas habían logrado un saludable desarrollo y  no podía hacer nada más en relación con ese movimiento. Su progreso habría de depender exclusivamente de los dirigentes de las organizaciones que se iban incorporando y de la política que el gobierno de Batista asumiera frente a sus planteamientos.   

El Movimiento de Resistencia Cívica también se fortalecía, pero cada vez se hacía más difícil para mí el mantenerme desligado de esa organización debido a la gran cantidad de ortodoxos que gradualmente nutrían sus filas. Era y debía continuar como una organización secreta 

Como se pedía cooperación monetaria siempre había la duda sobre el destino de los fondos y muchos querían saber mi opinión sobre la recaudación y si llegaba de verdad a la Sierra Maestra. Lo más que podía decirles es que estimaba que sí. La voz se iba corriendo que era miembro de esa organización,  por  lo que sabía era cuestión de tiempo para el gobierno establecer mi identificación con el M.R.C., ya fuera por indiscreción de los que conocían de mi participación o por delación de algún infiltrado. Por consiguiente, mi utilidad en la ciudad ya comenzaba a declinar. No me podía mover con libertad sin despertar sospechas.    

Además, consideraba que había que dar un apoyo más sólido y franco a los combatientes de la Sierra Maestra. Gran parte de la ciudadanía estimaba que en sus filas militaban sólo jóvenes valerosos, pero sin el peso necesario para lograr el apoyo mayoritario  de la nación cubana.

También los dardos lanzados por el gobierno y repetidos por miembros de la oposición política contra los que ellos decían lanzaban a la guerra a la juventud sin arriesgar la vida, iban dándole la razón a mi opinión de que era necesario hacer algo más directo y efectivo a favor de los que combatían en las lomas.

Los ataques de ambos bandos iban dirigidos en especial, contra Carlos Prío, quien desde el exilio de Miami enviaba armas a Cuba, periódicamente confiscadas por la policía y que ayudaba económicamente a grupos aislados que seguían su orientación política.   

Desde el desembarco del Granma  había estado en contacto con los miembros del 26 de Julio, relaciones que se fueron estrechando con el tiempo y con la lucha. Sobre todo mi participación en la formación del Movimiento de Resistencia Cívica en La Habana cerró más aún los lazos entre nosotros. Para el mes de mayo de 1957 ya yo había decidido unirme  a los alzados en las montañas orientales.   

Luego de una conversación que tuve con Haydee Santamaría decidí formalmente mi incorporación a las filas de los rebeldes. Recuerdo que ella me dijo que Fidel Castro se alegraría mucho de mi "subida", además de las ventajas de orden político y emocional que  eso significaría, en el orden particular porque tendría con quien hablar y discutir los problemas diarios que se le presentaban.

Mi incorporación se verificaría como acto simbólico, pues no se me ocultaba que mi aporte personal no sería de gran valor  desde el punto de  vista militar, pero la presencia de un miembro de otra generación podría darle un nuevo ángulo a la contienda. Le daríamos una inyección de madurez a la lucha, que facilitaría aglutinar a factores representativos de la sociedad, en respaldo a la  posición insurreccional. Sabía que el Dr. Felipe Pazos contemplaba también unirse a los rebeldes y esperábamos una reacción favorable de la ciudadanía por la actitud asumida.   

El 20 de junio de 1957 me trasladé a la ciudad de Miami junto con mi familia para dejarlos en esa ciudad, mientras estuviera en la Sierra Maestra. En la tarde del domingo 23 de ese mes regresé solo a La Habana.

Durante mi corta estancia en la ciudad floridana hablé con pocas personas y a nadie comuniqué mi intención de unirme a los rebeldes. Entre otros conversé con el ex-teniente Michel Yabor y su compañero de aviación "Pompón" Silva. Los dos habían estado en contacto con Carlos Prío en labores insurreccionales, pero yo, también había tenido contacto con ellos, sobre todo en los momentos que se sentían defraudados con las promesas incumplidas de Prío Socarrás.

Pero cada vez que el ex-presidente deba indicios de favorecer una acción  bélica, regresaban junto a él. En ese  momento que estuve con ellos en Miami habían perdido las esperanzas de que Prío hiciera algo efectivo, pero por precaución, consideré mejor no decir nada de mis planes en la entrevista sostenida con los dos y también con el ex-teniente aviador Gros.