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Vivencias de Raúl Chibás hermano de Eduardo R.Chibás.
Mi primer viaje a la Sierra Maestra.
Por Raúl Chibás
A finales del mes de junio de 1957 partí de La Habana en
el auto de mi propiedad camino a Santiago de Cuba. Conducía el coche
Enrique Barroso, de la juventud ortodoxa, y a su lado iba una joven
enviada por el M-26-7 para acompañarnos. Esa muchacha había sido novia
de uno de los asilados en la Embajada de Haití asesinados por la policía
en el grave incidente ocurrido en dicha embajada.
El viaje se desenvolvió sin novedad y al llegar a
Santiago de Cuba fuimos a parar a la casa de la familia Taquechel. Para
mayor seguridad, durante los días que estuvimos escondidos en esa casa
no vi a nadie que no fuera miembro de M-26-7. Una de las noches tuve una
conversación con Vilma Espín, continuamente interrumpida por diversas
llamadas telefónicas donde le informaban los movimientos de la fuerza
policíaca de Santiago. Debemos reconocer que esa ciudad era baluarte de
la insurrección.
La única salida que hicimos durante nuestra estancia en
Santiago fue para visitar a Frank País que estaba escondido en una casa
en el centro de la ciudad. Ese día vimos también en la misma casa a
Lester Rodríguez.
Frank País me comunicó su simpatía con mi viaje a la
Sierra Maestra y recuerdo más tarde, en forma jocosa, me dijo que le
comunicara a Fidel Castro, que muchos de los compañeros de la ciudad
insistían que Fidel aún conservaba el salitre de la travesía del Granma,
porque era vox populi, que desde su arribo a las costas de Cuba no se
había bañado.
La entrevista fue de una hora de duración, más o menos,
con el jefe del clandestinaje. Para mayor seguridad esa casa tenía
varias salidas a la calle. De allí retornamos directamente a la casa de
la familia Taquechel, en el reparto Vista Alegre. Pocos días más tarde
murió a manos de la policía su hermano Josué País y al mes de la muerte
de éste cayó asesinado Frank País.
Como el gobierno preparaba un acto en la ciudad de
Santiago de Cuba y la vigilancia se iba a extremar en los días
anteriores, se decidió nuestro traslado a Manzanillo. Un matrimonio,
maestros los dos, nos condujo en su carro desde Santiago de Cuba hasta
esa ciudad, donde fuimos a dormir a la casa de la familia Pagés. Esta
era una familia como la anterior, perteneciente a la alta clase media y
en extremo católica.
En casa de Pagés recibí la visita de Celia Sánchez, quien
me comunicó estaba terminando los preparativos para nuestra salida en
dirección de las montañas. Según me dijo, nuestro equipo no iría con
nosotros pues podría levantar sospecha. Al llegar a un punto determinado
de la Sierra nos serían entregados los uniformes. Celia Sánchez me
comunicó la noticia de la muerte de Josué País, hermano de Frank, en las
calles de Santiago.
De esa primera entrevista con Celia Sánchez saqué una
magnífica impresión de su persona. Más tarde tuve la oportunidad de
intimar durante nuestro segundo viaje a la Sierra Maestra y a pesar de
la separación actual por nuestra posición divergente, debo reconocer,
guardo de ella el mejor de los recuerdos.
Al día siguiente de la visita de Celia llegó un
militante del movimiento con distintos uniformes verde olivo,
escogiendo nosotros el que nos servía para ser enviado a las lomas en
espera de nuestro arribo. Además del uniforme verde olivo se nos
entregaba por la organización una cantimplora y un cuchillo, ambos de
utilidad no soñada en la ciudad de Manzanillo.
No recuerdo bien si fue el 1 ó 2 de julio, partíamos en
jeep en unión de Enrique Barroso para la sierra. El jeep iba manejado
por Rafael Castro, quien era miembro del clandestinaje del M-26-7 que
se hacía pasar por elemento adicto al régimen de Batista para facilitar
su entrada y salida de la zona montañosa donde estaban los rebeldes.
Tomamos la carretera que conducía a Bayamo y al llegar al
poblado de Yara, doblamos hacia el Central Estrada Palma. Me quité los
espejuelos para evitar ser reconocido por la posta militar. Nuestro
vehículo fue detenido por un soldado, pero Castro enseñó su permiso para
circular por esa zona, extendido por la comandancia militar y se nos
permitió continuar.
En jeep seguimos hasta la casa de Castro, un pequeño
bohío en las estribaciones de la sierra. Almorzamos una comida a base de
malanga preparada por la señora de Rafael Castro. Esta le entregó un
mensaje que había recibido poco antes. Era una nota del "comandante"
Fidel Castro con instrucciones para que tomara todas las medidas
necesarias que garantizaran la seguridad de las diversas personas que
esperaba llegaran de la capital de la República.
Después de almorzar nos separamos de Castro, continuando
Barroso y yo a pie, nos servía de guía un campesino de la zona, de
estatura en extremo pequeña. Evitando los caminos, a campo traviesa,
siguiendo el paso veloz del guía cruzamos varias veces el río Yara.
Paramos a descansar en una casa en un cruce de caminos cerca de
Providencia. Ya de noche, mojados y enfangados por el cruce constante de
ríos, llegamos a un bohío de partidarios del M-26-7. Nos ofrecieron una
cama para descansar que tenía a un costado una pequeña hamaca donde
dormía un niño de pocos meses.
A medianoche, continuamos en mulo nuestro recorrido hasta
la casa del "Molinero" donde arribamos de madrugada. El Molinero servía
de correo de las fuerzas rebeldes y su casa era uno de los puntos de
contacto de los insurgentes.
Allí tuvimos la sorpresa de encontrarnos con Roberto
Agramonte, hijo, quien había partido un mes antes de La Habana para
unirse a Castro, pero aún no había logrado hacer contacto con los
alzados. Estuvo mucho tiempo en Santiago y Manzanillo y había llegado
sólo una semana antes a la casa del Molinero.
A la madrugada siguiente iniciamos la ascensión de la
"maestra", al llegar un mensaje de que Fidel Castro se acercaba a la
zona en que estábamos. Fue una dura jornada para todos nosotros, no
acostumbrados a ese tipo de caminata. Robertico Agramonte había pasado
una semana haciendo ejercicios en los alrededores de la casa en que
estaba hospedado, pero la subida al "firme" o punto más alto de la
montaña fue tan violenta para él como para nosotros dos.
Empezamos a comprender las ventajas de un buen
entrenamiento y la superioridad que gozaban los hombres y mujeres de la
zona sobre los habitantes de la ciudad. La señora del Molinero realizó
la jornada con increible facilidad, cargando sobre sus hombros un peso
mucho mayor al que llevábamos nosotros.
Durante la ascensión nos alcanzó un grupo de campesinos
que llevaba suministros para la tropa de los rebeldes. Nos fueron de
enorme ayuda al añadir nuestras mochilas al cargamento que llevaban para
facilitar nuestra marcha.
Hasta el mediodía no nos fue posible llegar al "firme" de
la maestra. Desde ese punto pudimos observar la belleza de la llanura
que se extiende hacia el norte de las montañas y al mismo tiempo, la
abrupta silueta de la cordillera hacia el sur. En el firme había un
bohío perteneciente a la familia de uno de los primeros campesinos que
se unieron a las fuerzas insurrectas, Lalo Sardiñas. Descansamos un rato
y luego continuamos nuestra marcha, ahora en descenso, hasta la casa
del "Colorado", otro de los campesinos que ayudaban a los alzados.
Ahí comimos unas "ayacas" deliciosas y todavía no
habíamos terminado nuestro almuerzo cuando llegaron los dos primeros
rebeldes que arribaban como avanzada y correo a casa del
Colorado. Nos
informaron que el "Comandante", como le decían a Fidel Castro y la
columna de alzados estaba muy cerca.
Colorado. Nos
informaron que el "Comandante", como le decían a Fidel Castro y la
columna de alzados estaba muy cerca.
Habíamos sido conducidos hasta ese lugar por la extensa
red de campesinos que noche y día colaboraban con la lucha
insurreccional, con gran riesgo para su vida. Poco es todo lo que pueda
decirse de la heroica labor de estos hombres y mujeres, su desinterés,
su fe en el triunfo, su sencillez, su cordialidad y comprensión de las
dificultades confrontadas por los que como nosotros no estábamos
acostumbrados a las marchas necesarias en las montañas de toda esa
zona.
Ellos dejaron en mí una impresión imborrable. Esos días
me convencieron de la inevitable victoria rebelde y sirvieron para
animarme en los momentos más duros de la contienda. Reafirmaron mi deseo
de lucha en favor de los ideales de libertad y justicia por los que
siempre había combatido mi hermano y yo había seguido sus pasos.
Los miembros del "Ejército Rebelde" que llegaron a casa
del Colorado tenían el aspecto de haber salido de un grabado de unos de
los libros de historia de la lucha independendista cubana. Sería difícil
describir su vestimenta harapienta e híbrida. Cruzaban el pecho dos
cartucheras de tela llena de balas para sus anticuadas escopetas, y
tenían unas polainas viejas que seguramente pertenecieron a algún
miembro del ejército de Batista.
Al informarnos de la cercanía del grueso de la tropa se
ofrecieron llevarnos a su encuentro, pero como estábamos cansados y un
poco desconfiados con el sentido de distancia de los hombres de campo,
decidimos esperar en la casa del Colorado. Después de comer algo, los
dos rebeldes regresaron para comunicar a Fidel Castro la noticia de que
estábamos esperándolo.
Al atardecer comenzaron a llegar las avanzadas de los
rebeldes. Siempre de uno en fondo los hombres de la vanguardia,
comandados por Camilo Cienfuegos, fueron tomando posición en los puntos
estratégicos que rodeaban la casa. Todo sucedió en forma impresionante,
sin un grito, las órdenes eran dadas con un simple gesto de Camilo.
Nunca se hablaba con voz natural, sino con la garganta y durante un mes
no supe como sonaba una voz humana en conversación normal.
Poco más tarde llegó Raul Castro. Me comunicaron que
Fidel se había demorado en el bohío situado en el firme de la maestra
conversando con los campesinos de la casa. Ya anocheciendo llegó Fidel
Castro y en la misma forma silenciosa que lo hacía el resto de la tropa
conversamos en el cuarto del Colorado hasta la madrugada.
Le expliqué el trabajo efectuado con las Instituciones
Cívicas y con el Movimiento de Resistencia Cívica. Le di mi opinión
sobre las perspectivas futuras en la vida pública de los hombres y
mujeres que trabajaban en ambas organizaciones y el aporte positivo que
significarían. Le dije que muchas personas apolíticas estaban
convencidas del error que significaba su no participación en la lucha
política del país y su decisión de colaborar con un movimiento
revolucionario y honrado.
También consideramos esa noche, 4 de julio, la necesidad
de un pronunciamiento público conjunto que saliera de la Sierra Maestra.
Al partir de La Habana yo había dejado una declaración explicando mis
motivos para unirme a los rebeldes, que sería publicada en la revista
Bohemia.
En mi viaje a la Sierra Maestra había llevado una pequeña
cámara fotográfica Minox y decidimos retratarnos a la mañana siguiente y
enviar los negativos a la revista Bohemia para que sirvieran de
constancia de mi presencia en las lomas orientales, pues sabíamos que el
gobierno negaría mi incorporación al campo rebelde.
Muy temprano, a la mañana siguiente, iniciamos nuestra
primera marcha con el ejército rebelde. Era bastante optimista denominar
a ese pequeño grupo de harapientos alzados, ejército. Poco después,
aprovechando un claro en el monte nos sacamos las fotografías que fueron
publicadas en la revista Bohemia coincidiendo con los informes oficiales
que negaban yo estuviera con los alzados y hubiera podido burlar el
cerco que las tropas de Batista tenían puesto a los insurrectos.
Tuvimos buen cuidado de que se vieran en primer plano las
mejores armas y de que una ametralladora calibre 30 luciera como una 50.
Estas fotos, junto con mis declaraciones resultó otra victoria para
nuestra causa. Como yo había subido a la loma, completamente desarmado,
Fidel Castro me entregó una pistola 45 que había sido del padre de Celia
Sánchez y que usé durante mi permanencia en la zona.
Pocos días más tarde se unía a la tropa el Dr. Felipe
Pazos. Los tres conversamos sobre la táctica a seguir. Felipe Pazos era
partidario de crear un gobierno en armas y publicar un manifiesto
pidiendo el respaldo de la nación cubana. El consideraba que podíamos
obtener el apoyo de diversas zonas de opinión pública, así como de los
sectores económicos donde Pazos gozaba de gran prestigio.
Mi opinión era contraria a la formación de gobierno en
la Sierra Maestra. Creía eso restaría al impacto de nuestra decisión de
unirnos a los rebeldes sin aspiraciónes personales. Si optábamos por
presentarnos con una fórmula de gobierno, tanto el régimen de Batista
como muchos en Cuba argumentarían que nuestra actitud insurreccional
tenía como objetivo ocupar posiciones en el nuevo gabinete en armas o
presidencia de ese gobierno.
Dirían que la generación anterior se valía de la sangre
de la juventud para ocupar cargos políticos y abogué por suscribir un
manifiesto donde se reflejara nuestro punto de vista sobre el problema
cubano y se le dijera a la nación que los combatientes de la Sierra
Maestra no aspiraban ocupar posiciones en el gobierno provisional. Cómo
yo tenía una alta opinión del futuro de las Instituciones Cívicas, opiné
debíamos plantear fueran ellas las que escogieran al presidente
provisional siempre que recayera la designación en una persona
apolítica, imparcial y honesta.
Consideraba esto reforzaría nuestra posición moral y le
daría prestigio a nuestra lucha al hacer público renunciamiento a cargos
en el gobierno provisional que sustituyera la caída de la dictadura. Le
indiqué a Fidel Castro nuestro objetivo principal debía ser triunfar en
las elecciones que, en opinión mía, debían efectuarse lo antes posible,
al año de la caída del régimen de Batista.
Debíamos utilizar el vehículo que las circunstancias del
momento consideraran ser el más conveniente, ya fuera el Partido del
Pueblo Cubano o el Movimiento 26 de Julio. No dudaba se ganaría ese
proceso electoral y desde un marco constitucional podíamos realizar las
reformas más necesarias para el país. Yo estimaba esa era la forma
correcta de efectuar los cambios con carácter permanente, lo que un
gobierno provisional no podía ofrecer.
Fidel Castro estuvo conforme con mis observaciones. Se
decidió suscribir el manifiesto sin crear gobierno en la Sierra Maestra
y ofreciendo a las Instituciones Cívicas la oportunidad de designar la
persona que presidiera la nación durante la provisionalidad. El
manifiesto fue redactado en gran parte por Fidel Castro y no hubo
divergencia fundamental en cuanto a los puntos expresados en ese
documento.
No es cierto lo expresado por Che Guevara, en una de sus
publicaciones, en el sentido de que Castro se vio obligado a luchar
contra los puntos de vista reaccionarios de Pazos y míos. En realidad
Fidel Castro nunca trató de que en ese documento se expresaran
pensamientos diferentes a los que todos firmamos de común acuerdo.
Hoy en día yo estaría dispuesto a suscribirlos de nuevo,
pero fue Fidel Castro quien burló casi todos los planteamientos
firmados en el Manifiesto de la Sierra Maestra, los cuales, a nuestro
entender, hubieran cumplido las aspiraciones del pueblo cubano y
resuelto en forma favorable la crisis del país. El Manifiesto de la
Sierra Maestra, como se conoce, fue firmado por Felipe Pazos, Fidel
Castro y por mi el día 12 de julio de 1957 y enviado a La Habana con el
"Molinero" y su señora a Conchita Fernández y a la revista Bohemia donde
fue publicado.el 28 de julio de 1957.
El grupo de guerrilleros que luchaba en la Sierra Maestra
en los momentos de nuestra llegada a las lomas no pasaba de ciento
ochenta hombres y era el contingente más formidable que se había
nucleado desde el comienzo de la insurrección. Los campesinos que
veíamos en nuestras continuas marchas nos decían jubilosos que en el
presente, sí había una tropa considerable y señalaban que pocas semanas
antes eran muy escasos los hombres que seguían a Castro.
Un contingente de Santiago de Cuba a las órdenes de Jorge
Sotús se había incorporado poco antes del combate del Uvero y con las
armas ocupadas en esa operación se armó a otro grupo de campesinos.
Todos los hombres marchaban unidos a excepción del Che Guevara que
regresaba del Uvero con los heridos, entre ellos Juan Almeida y Félix
Pena.
A los pocos días, hicieron contacto con nosotros y Fidel
Castro dividió su tropa en dos grupos. Un grupo que contaba con unos
cuarenta hombres, bajo el mando de Guevara, operaría hacia el este. El
resto de los rebeldes comandados por Fidel Castro operaría por la zona
de La Plata, Palma Mocha y el río Magdalena, o sea más al oeste.
¿Cómo pensaba la tropa rebelde sobre el cambio de
embajador norteamericano?
En realidad el ambiente entre los alzados durante los
días que siguieron a la llegada del nuevo emisario de los Estados Unidos
fue favorable para él. La mayoría de los combatientes veían con simpatía
el cambio producido y pensaban podía conducir a una modificación de la
política de la nación norteamericana reduciendo el respaldo material y
moral hacia el gobierno de Batista.
Recuerdo perfectamente que cuando escuchamos la
transmisión de las declaraciones del embajador Smith en Santiago de Cuba
hubo una corriente de simpatía entre los alzados. Puedo asegurar no
existía sentimiento antí-yankee entre la tropa, sino por el contrario,
en ese momento la opinión general era favorable al nuevo emisario de
los Estados Unidos.
También puedo afirmar que la
masa del ejército rebelde no era comunista, ni nunca lo fue. La mayoría
de sus miembros habían militado en la ortodoxia y recordaban con
admiración y respeto las semanales transmisiones de Eduardo R. Chibás.
Los más jovenes me decían que sus padres siempre escuchaban dicha hora.
Más tarde, cuando regresé a la Sierra Maestra en 1958, tampoco encontré
influencia comunista en las zonas en que estuve durante los últimos
cuatro meses de la dictadura de Batista.
Durante ese primer viaje
escuchábamos las noticias al mediodía. Acampábamos durante las
transmisiones de Luis Conte Agüero y José Pardo LLada para enterarnos de
los sucesos más sobresalientes de la República. Teníamos un receptor
Zenith Transoceanic en el centro de la columna, donde marchábamos con
Fidel Castro y los hombres que componían la comandancia.
También algunos rebeldes poseían pequeños radios
transistores con los que oían las noticias cuando un alto en la marcha
lo permitía. En general, la tropa estaba al corriente de los sucesos
fuera de nuestro mundo en la cordillera oriental. Hasta el mismo Fidel
Castro se entusiasmó en esos días con los acontecimientos y todos
pensábamos que podía producirse un colapso del régimen en cualquier
momento.
Con la idea de darle un mayor ímpetu a las operaciones
contra las guerrillas, el ejército decide unificar el mando militar en
la provincia de Oriente. El coronel Alberto del Río Chaviano es nombrado
para dirigir la provincia. El coronel Barrera, por otro lado, entrega su
mando de las operaciones en la Sierra Maestra al teniente coronel
Cándido Curbelo del Sol.
El día 11 de agosto permiten a los periodistas interrogar
a uno de los detenidos rebeldes después de la acción al cuartel Estrada
Palma el 26 de julio. Fueron detenidos cerca del poblado de Las Mercedes
cuando el ejército sorprendió a los atacantes que descansaban después de
la marcha forzada hasta ese punto. Por no haber continuado su ascenso
hasta una zona más protegida de la Sierra es una de las razones por las
que, como vimos antes Guillermo García pierde el mando que tenía con
anterioridad.
El rebelde preso es Luis Escalona de 22 años, quien dice
haber subido a las lomas con Delio Gómez Ochoa. Su declaración,
naturalmente, no podemos pensar reflejan su verdadero punto de vista, no
sólo porque están hechas en condiciones desfavorables para su integridad
física, sino porque con la censura de prensa existente en ese momento el
gobierno publicaba lo que le venía en gana y no había forma de
desmentirlo.
Cuando le preguntan los periodistas a Escalona si ha
visto a Chibás con Fidel contesta: "Sí, lo vi una vez de pasada. Además
en el campamento rebelde no se puede hablar en voz alta" Esta costumbre
de los rebeldes era de enorme valor estratégico. Las voces de la tropa
de Batista eran escuchadas por los insurgentes desde distancias
considerables debido a los gritos e imprecaciones que proferían.
Su posición era fácil de localizar, además, por el olor a
cigarro americano que podía olfatearse en torno a la ruta que seguían.
A los rebeldes se les prohibía severamente hablar en voz alta y todo el
mundo por instinto y costumbre , susurraba al conversar. Cualquier ruido
innecesario era castigado y al insurgente que se le escapaba un disparo
de su arma era condenado a estar un día completo sin comida alguna.
Los periodistas le preguntan a Escalona "¿Cómo se
alimentan Uds.? Pregunta que contesta el prisionero: "Cuando podemos lo
hacemos, aunque la plana mayor se alimenta todos los días.
Nosotros los de la
tropa, comemos muy mal y lo que se llama una comida completa, sólo cada
tres días, a veces."
Nosotros los de la
tropa, comemos muy mal y lo que se llama una comida completa, sólo cada
tres días, a veces."
Es cierto que la comida era muy escasa, pero no había
privilegios de ninguna clase. Cuando llegaba una factura transportada
por los campesinos que colaboraban con el 26 de Julio se repartía en
igual proporción entre las diferentes escuadras en que se dividía la
tropa. Lo que más se recibía eran salchichas en lata, leche condensada y
en polvo, arroz y frijoles. La mercancía tenía que durar hasta que se
recibía el siguiente cargamento.
Era obligación de cada persona administrar la latería que
le correspondía, así como transportarla. El arroz, frijoles y la carne,
cuando había, eran llevados por los hombres de la escuadra y se
cocinaban para todos los miembros del grupo. En algunos pelotones los
cocineros eran mejores, pero en general la comida era escasa y mal
condimentada.
A veces Fidel Castro recibía regalos de comida, ya
cocinada, traída por campesinos de la zona, que se la ofrecían en
testimonio de compenetración con la causa rebelde. En estos casos se
veía obligado a comer en presencia del campesino para no dar la
impresión de desconfianza o desprecio. Sí, Castro lograba alimentarse
mejor, pero nadie lo consideraba como un privilegio o ventaja sobre los
otros miembros de la tropa, sino como parte de su labor como jefe de los
rebeldes.
También se veía obligado a conversar y escuchar las
diversas quejas de los vecinos de la Sierra Maestra. Muchas veces tuvo
que escuchar las quejas de matrimonios mal llevados y tratar de lograr
en forma amigable la solución del problema planteado. Así como
intervenir entre campesinos que le presentaban problemas sobre los
límites de sus fincas.
Por la noche, al hacer campamento, se cocinaba teniendo
siempre cuidado de apagar el fuego o cubrirlo cada vez que pasaba un
avión. El primero que escuchaba el ruido de los motores pasaba la voz,
"avión, avión" siempre en forma de susurro, a la escuadra siguiente y
así se transmitía a toda la tropa. Se cocinaba en cubos el arroz o los
frijoles y lo que quedaba se guardaba para comerlo frío, al día
siguiente. Hay que reconocer que la comida era escasa, mal cocinada y lo
que quedaba para el día siguiente, fría, de sabor sólo posible de tragar
por necesidad circunstancial.
Los periodistas le preguntaron a Escalona los hombres que
había en la Sierra. Este contestó:"se encuentran allí un poco más de 200
hombres". Esta era una cifra bastante aproximada sobre el número de
insurrectos. También expresa la verdad cuando le preguntan sobre si
existía comprensión entre Prío y Fidel Castro. Contesta que duda que
existiera "porque jamás oí en el campamento nombrar al ex-presidente
Prío. No lo oí mencionar ni en la Universidad de la Habana ni en la
Sierra. Le aseguro nunca se habló de él como hombre del Movimiento."
La ayuda que Prío aportaba a Fidel Castro era considerada
como efectiva no sólo entre los hombres del gobierno, sino entre muchos
oposicionistas. La realidad era que desde que Fidel Castro llegó a las
lomas orientales no recibió ni una bala de la dirigencia auténtica, a
pesar de tener esa dirigencia en distintos lugares considerables
depósitos de armas que periódicamente caían en poder de la policía.
En los días que llegamos
Felipe Pazos y yo a la Sierra Maestra se incorporaron varias otras
personas a la tropa rebelde. Recordamos al Padre Sardiña, los doctores
Julio Martínez Páez y
Sergio del Valle, el Ministro
Protestante Toraño, varios jóvenes del clandestinaje del M-26-7.
Todos los domingos durante el tiempo que permanecí con
los alzados el Padre Sardiña decía misa y, además, aprovechó para
bautizar a gran cantidad de muchachos del contingente rebelde y
simpatizantes campesinos que por vivir tierra adentro nunca tuvieron
oportunidad de recibir ese sacramento. También bautizó a muchos niños de
la zona.
Uno de esos casos fue el día en que asesinaron a Frank
País en Santiago de Cuba. Habíamos caminado todo el día y al atardecer
escuchamos la noticia del fin trágico del líder santiaguero, máximo
organizador de la labor del "llano" y baluarte sobre el que pudo
apoyarse Fidel Castro para proseguir la lucha en las lomas durante los
primeros meses. Recuerdo que cruzaba un pequeño arroyo cuando me
comunicaron la noticia. Al acampar esa noche un campesino había
preparado un lechón para la tropa con la idea de celebrar el bautizo de
su hijo.
Y el padrino de ese hijo era Fidel Castro. Quizás esta
casualidad fuera la razón de que se dijera que Castro había celebrado en
la Sierra Maestra la noticia de la muerte de Frank País con una
comelata. En realidad esa fue la única ocasión en que comimos lechón
durante mi estancia en las lomas de la provincia de Oriente. Y añadimos
que cuando el campesino preparaba la cena no sabía nada del infausto
acontecimiento en la capital de la provincia oriental.
Todas nuestras pertenencias tenían que ser transportadas
en la mochila: la hamaca para dormir, la frazada para resguardarse del
frío intenso de la noche, el nylon para cubrir la hamaca los días de
lluvia y protegernos contra el rocío nocturno. Eso y el armamento era el
equipo imprescindible. Por suerte, no teníamos que preocuparnos por ropa
de repuesto. Sólo poseíamos una muda de ropa, la puesta. Cuando se
mojaba se secaba sobre el cuerpo con el calor del organismo. Todos
teníamos una camiseta gruesa de lana, de mangas largas, llamada
sudario.
Por el día sudábamos copiosamente, pero no podíamos
colgar el sudario para que se secara al acampar. De noche, con la
humedad, no se secaba y después de pasar la experiencia de tener que
usarlao al amanecer frío y húmedo, decidí que se secara con el calor del
cuerpo. A pesar de estar en pleno verano se sentía frío intenso durante
la noche, acrecido seguramente, por la inadecuada alimentación y lo
pobre de la vestimenta.
Otro equipo muy apreciable era la cantimplora. La escasez
de agua fue un problema serio durante esta etapa de lucha en la Sierra
Maestra. La tropa marchaba casi siempre por los "firmes" y no se
encontraba agua a esa altura. Cuando se detenía la marcha o cuando se
hacía campamento era necesario buscar agua y, con frecuencia, teníamos
que bajar una loma empinada, sin senderos, a través de espeso monte,
para llenar la cantimplora y el cubo en que cocinábamos. Cuando se
regresaba al punto de partida uno tenía deseos de tomarse toda el agua
transportada.
Pero era necesario administrarla con sumo cuidado ya que
no sabíamos cuando tendríamos la oportunidad de volver a encontrarla.
Muchas noches dormí con enorme deseo de tomar un sorbo de agua, pero
prefería guardar el poco que restaba para el día siguiente cuando el sol
abrasador y la constante caminata multiplicaban la sed.
Nunca sabíamos donde y cuando haríamos campamento. A
veces marchábamos todo el día y nos deteníamos a las seis o siete de la
tarde. Generalmente descansábamos al mediodía, hora de escuchar los
comentarios radiales de La Habana, y de nuevo nos poníamos en marcha
cerca de las dos de la tarde. Pero, en otras ocasiones, pasaba el tiempo
y no recibíamos la orden de partir y nos quedábamos en ese punto a
dormir.
Lo cierto es que durante el mes de julio no dejamos de
caminar ni un día. En ese mes perdí cerca de treinta libras de peso. Fue
el primero de agosto, a orillas de un afluente del río Magdalena, en un
lugar apacible y delicioso, pasamos el primer fin de semana sin tener
que marchar.
Sin muchas esperanzas de que se realizara nuestro deseo
le comunicamos a Fidel Castro ese lugar placentero era ideal para un
buen "week-end" y vimos convertido en realidad lo que queríamos. Y fue
en ese lugar que se rompió la consigna de hablar en voz baja. El ruido
de la corriente del río apagaba nuestras voces y nos permitió esa
libertad. También fue allí donde nos bañamos por primera vez en una
poceta lo suficiente profunda para permitirnos nadar en ella. Le
contamos a Fidel Castro la agradable experiencia y éste decidió también
ir a nadar en dicha poceta. El comentario de todos los compañeros del
Granma fue de asombro y aseguraron que era el primer baño de Castro
desde su desembarco en Cuba.
Camilo pasó por donde nosotros estábamos acampados y nos
preguntó por Fidel Castro y cuando le dijimos que estaba bañándose en
el río, sorprendido exclamó "ahora sí estoy seguro de que se cae
Batista". En conversación más tarde con Fidel Castro él nos puso como
razón el frío intenso del invierno que hacía imposible meterse en el
agua de los ríos en esos meses.
Pocos días antes se habían incorporado a la tropa rebelde
las tres primeras combatientes del sexo femenino. Con anterioridad
habían estado, por corto período de tiempo, dirigentes del M-26-7 como
Celia Sánchez, Vilma Espín y Haydee Santamaría, pero ahora llegaron las
tres primeras mujeres, no dirigentes, que se integraron al núcleo
rebelde. De ellas, una sola,Teté Puebla, permaneció con los alzados
toda la campaña y luego formó parte del primer escuadrón de mujeres
titulado "Mariana Grajales".
Aquellas tres mujeres fueron asignadas a nuestro pelotón
y cambiaron todos nuestros hábitos. Al frente de nuestro pelotón estaba
Universo Sánchez y formaban parte de él, el padre Sardiña, el reverendo
Toraño, Martínez Páez, Barroso, etc.
La marcha de la columna rebelde la abría Camilo
Cienfuegos y su pelotón que formaba la vanguardia de la tropa. El primer
reconocimiento lo hacía un campesino que caminaba sin uniforme y sin
armas. Informaba de cualquier suceso anormal por la zona que se iba
avanzar
La labor de Camilo era sumamente riesgosa y de gran
responsabilidad. Con la llegada de las mujeres, Camilo comenzó a venir
con frecuencia al centro de la columna, donde caminaba el Estado Mayor
y, además, las mujeres. El abuso de estos paseos dio lugar a que Fidel
Castro lo relevara del mando de la vanguardia y pusiera a su frente a
Ignacio Pérez, hijo de Crescencio Pérez. Más tarde Camilo Cienfuegos por
su valor personal e indudables cualidades de mando recuperó la
confianza del jefe de la tropa y su posición anterior.
Al otro extremo de la columna, que siempre marchaba de
uno en fondo, defendiendo la retaguardia, estaba Efigenio Aimeijeira y
su pelotón. Su labor no era menos importante. Tenía que evitar, en todo
lo posible, dejar rastro que permitieran a las tropas enemigas localizar
a los rebeldes, así como prevenir cualquier sorpresa por la
retaguardia.
La actitud del campesinado
hacia la tropa rebelde era impresionante. Al detener la marcha el
contingente, comenzaban a llegar guajiros de las casas vecinas. Y cada
hora que pasábamos acampados se multiplicaban los visitantes, viniendo
muchos de ellos desde distancias lejanas hasta para los hombres de las
montañas. Si no partíamos antes del anochecer, lo que era usual, a la
madrugada siguiente recibíamos la visita de otro grupo de campesinos, lo
que significaba un peligro por existir la posibilidad de un infiltrado
delator o de que un campesino detenido y torturado denunciara nuestro
campamento.
Además, había que considerar
la posibilidad de una indiscreción. Esto último no era habitual, ya que
el hombre del campo, por temperamento, era reservado y tenía gran
concepto de
responsabilidad. Por
experiencia, sabía lo que significaba ser acusado de colaborar con los
rebeldes y extremaba su desconfianza natural hacia los hombres del
régimen dictatorial, estuvieran o no de uniforme. Solamente con la duda
de que un campesino mostraba simpatía con la causa rebelde su casa era
quemada y con frecuencia era asesinado.
Aquí debo señalar el caso de tres personas que se
trataron de introducir en nuestra tropa y más tarde fueron acusados de
ser miembros de los tigres de Masferrer. Esto se pudo comprobar luego de
marchar varios días con nosotros. Durante ese tiempo habían logrado ver
a gran cantidad de campesinos que se nos acercaban con todo tipo de
ayuda y era un peligro para ellos que se pudieran escapar de nuestra
tropa esos enemigos.
En una ocasión se marchó el grueso de la tropa con la
intención de prepararle una emboscada a Sánchez Mosquera. Nos quedamos
Delio Gómez Ochoa, que estaba enfermo, Universo Sánchez y nuestra
pequeña escuadra para cuidar a los tres prisioneros. Por la noche
colgamos nuestras hamacas formando un círculo rodeando a los tres
prisioneros. Estábamos durmiendo sobre un pedregal con una inclinación
muy marcada. Nos turnábamos para hacer guardia durante una noche de
completa oscuridad y al menor ruido encendíamos nuestra linterna para
comprobar que los prisioneros permanecían en el centro de las hamacas,
siempre con la pistola en la mano. La tropa regresó a los tres días sin
tener éxito porque Sánchez Mosquera había cambiado de rumbo.
Esta fue una lección muy dura
de la lucha de guerrilla que obliga a tener que fusilar a un espía por
no existir una cárcel donde se pudiera mantener. Se les juzgó y comprobó
su vinculación con ese terrible y criminal grupo y fueron fusilados.
Esta es una dura realidad de la lucha de guerrilla en que es necesario
recurrir a esa pena ante la posibilidad de que unos traidores pongan en
peligro de muerte a los campesinos que nos ayudan en todos los sentidos.
Para el guerrillero
la ayuda de estos civiles es indispensable. La lucha de guerrilla no es
un paseo campestre y conlleva muchas penalidades y violentas decisiones.
Fui testigo de un pequeño incidente que da idea de la
magnitud del apoyo campesino. A los pocos días del ataque al cuartel de
Estrada Palma el 26 de julio y cuando Delio Gómez Ochoa se había de
nuevo incorporado al grueso de la tropa, llegó a nuestro campamento un
niño de unos once años. Vino a hacerle entrega a Fidel Castro de unos
cuantos peines de rifle con sus balas. Los había encontrado en el monte,
dejados seguramente por las fuerzas del enemigo.
Este jovencito había caminado muchas millas, bajando y
subiendo lomas, hasta hacer contacto con los rebeldes y ofrecer su
aporte a la revolución. Otras veces veíamos entre las personas que
traían los víveres a niños cargando mochilas que por su peso a un hombre
fuerte le costaría trabajo levantar del suelo. Muchas mujeres, también,
cooperaron en este tipo de trabajo.
Las armas de los rebeldes constituían todo un muestrario
bélico. Había muy pocas ametralladoras. Dos o tres calibre 30; Camilo
Cienfuegos tenía una Thompson en la vanguardia y unos cuantos Garands
eran el orgullo de la tropa. En esos días Javier Pazos llevó el primer
M2. Las escopetas y Winchester de años atrás eran muy comunes. Como es
de suponer el parque tenía que ser variado y escaseaba. El promedio de
parque era de unos cincuenta por hombre a lo sumo y se exigía el mayor
cuidado en no malgastar ni una bala. Como muestra de la memoria
prodigiosa de Fidel, él llevaba en su mente casi el total del armamento
de la tropa. Se acordaba del tipo de arma y la cantidad de parque que
cada uno tenía.
Las penalidades sufridas por los rebeldes eran intensas y
difíciles de describir a quien no ha pasado por una situación similar de
lucha guerrillera. Marchas continuas de día o de noche. A veces
rompíamos campamento a las tres o cuatro de la madrugada, con frío y
humedad intensa, pues debíamos atravesar un descampado o "pelado", como
le decían, y lo teníamos que efectuar bajo el manto protector de la
oscuridad.
Eso evitaba que nos localizara la aviación o cualquier
tropa enemiga. Cuando llegábamos a una zona de escasa vegetación la
cruzábamos de uno en uno. No salía al descubierto un rebelde hasta que
el compañero que le precedía se encontraba fuera del claro. Con esa
precaución se evitaba que fuera visto más de un hombre en el trillo y
ése pudiera ser un simple campesino de la Sierra Maestra. Se dieron
muchos casos en que la aviación ametrallara a campesinos tomados por
rebeldes.
A menudo podíamos escuchar a la aviación descargando
ciegamente sus bombas. La razón para hacer esto debía ser de orden
psicológico, porque era practicamente imposible detectar desde el aire
a los rebeldes y tampoco una confidencia podía significar gran cosa pues
entre el tiempo de recibir la confidencia, transmitirla a la aviación y
bombardear a los insurgentes, ya éstos con su marcha continua se habrían
desplazado de la zona. Lo que sí logró este bombardeo innecesario fue
enardecer más a los guajiros de la comarca y activarlos en su lucha
contra la dictadura.
A la marcha perenne debemos añadir la falta de agua y
alimento, la incertidumbre del futuro, la falta de noticia de la
familia, el conocimiento de lo reducido del núcleo rebelde en contraste
con la potencia del gobierno, y lo largo del camino a recorrer para
lograr derrocar al régimen que, aunque falto de apoyo popular, tenía los
recursos del poder durante una favorable situación económica.
Es necesario trasladarse a mediados del año 1957 para
poder tener idea de lo difícil que resultaba mantener el espíritu de
lucha frente a los obstáculos a vencer. Pero sin género de duda la moral
de los rebeldes era elevadísima, la disciplina muy buena e
inquebrantable la decisión de proseguir la contienda hasta el final.
Yo estaba convencido de que la cooperación que podía
brindar a la causa rebelde ya había dado todo su fruto con la
publicación en la revista Bohemia del Manifiesto de la Sierra Maestra y
la información enviada con anterioridad con las fotos de mi llegada al
grupo insurgente. Como combatiente, no podía ser efectiva mi presencia
en las lomas, pero fuera del país sí era posible hacer una labor más
beneficiosa.
Conversamos Fidel Castro y yo sobre el lugar donde podía
ser más útil. Los rebeldes tenían gran necesidad de recibir armamento si
querían aumentar su esfera de influencia. El material humano existía de
sobra en las lomas y entre los miembros del clandestinaje que querían
"subir" a las montañas, unos porque estaban "quemados" en la ciudad y su
labor anulada, otros porque la contienda insurgente en la Sierra
resultaba de mayor colorido romántico.
Lo que faltaba era el armamento necesario para equipar a
esos hombres. Castro me dijo que si lograba salir al extranjero y dejaba
caer armas en la zona que recorríamos, los campesinos, estaba seguro, se
encargarían de hacerlas llegar a los rebeldes. Hasta ese momento no
había llegado arma alguna del exterior de Cuba y muy pocas de ciudades
colindantes con la Sierra
Maestra.
Maestra.
Llegamos a la conclusión de que yo tratara de llegar a la
capital para luego salir al extranjero, pedir ayuda a los cubanos en
tierras extrañas, así como a gobiernos que creíamos amigos de nuestra
causa y enviar las armas necesarias para incrementar el esfuerzo bélico.
Yo estimaba no podía funcionar con eficiencia en el clandestinaje
nacional y lo que sucedió más tarde me dio la razón.
Nos despedimos en un firme desde donde se distinguía la
desembocadura del río Magdalena y allí nos fotografiamos. Foto luego
publicada por Jules Dubois en un periódico de Chicago. Fidel Castro me
señaló el valle donde él estimaba se podían dejar caer los pertrechos de
guerra con relativa seguridad de que llegarían a manos rebeldes. Este
plan nunca fue utilizado porque resultó más práctico llevar el
armamento por avión y aterrizar en terrenos colindantes con las
montañas.
Devolví la pistola que llevaba como única arma, que era
de la propiedcad del padre de Celia Sánchez, y le di mis botas a Manuel
Piñeyro, más tarde jefe de la provincia de Oriente y conocido por el
apodo de Barbarroja. Piñeyro se incorporaba ese día a la tropa después
de haber pasado más de un mes en la Sierra Maestra queriendo hacer
contacto con el grupo insurgente.
En el cambio me dio sus zapatos viejos, de dos tonos y
sin tacones. Los utilicé hasta llegar a La Habana, pero resultaron
terriblemente incómodos en la marcha descendente. Por la falta de tacón
me resbalaba a cada rato al descender por las lomas. Del punto de
partida pasamos a un lugar conocido por el nombre de Minas del Frío, que
más tarde fue convertido en campamento de entrenamiento del ejército
rebelde, pero en ese momento era una zona tranquila en que vivían varios
campesinos.
Uno de ellos nos dio alojamiento, comida y ropa comprada
en el poblado de Las Mercedes. Las guayaberas que compró resultaron de
tono y rayas tan llamativas que no facilitaban el que pasáramos
desapercibidos. Aprovechamos para afeitarnos por primera vez desde
nuestra llegada a la Sierra Maestra.
En el momento en que abandonamos el campamento rebelde
escuchamos un disparo. Poco después nos cruzamos con el doctor Sergio
del Valle, quien nos informó iba a atender a un rebelde a quien se le
había escapado un tiro y estaba gravemente herido. Estando todavía en el
bohío campesino de las Minas del Frío nos enteramos por nota de Fidel
Castro, enviada con un correo que llegaba para recoger nuestros
uniformes, que el joven rebelde de La Habana había muerto. Conservé esa
nota que fue ocupada por la policía cuando más tarde fui detenido en La
Habana.
Dormimos nuestra última noche en la Sierra Maestra en ese
bohío y de madrugada comenzamos el descenso hacia Las Mercedes. De nuevo
contemplamos la admirable vista del llano al que nos dirigíamos. Durante
nuestra dura estancia en las montañas siempre nos había servido de
consuelo frente a las penalidades la admirable belleza del paisaje.
Quizás este detalle servía también para mantener la alta moral de
combate de los integrantes de la tropa, quienes aceptaban los mayores
sinsabores sin expresar lamento alguno.
Tenían conciencia de lo importante de su lucha y estaban
decididos a no cejar hasta lograr el aniquilamiento de la tiranía.
Jamás se produjo, en el tiempo en que estuve en las lomas, una discusión
que rompiera la armonía del grupo. Y debo añadir la lástima que me causa
la inútil pérdida de los sacrificios que tuvieron que soportar sin
escucharse queja alguna de esos jóvenes idealistas.
Después de caminar toda la mañana, llegamos al mediodía a
Las Mercedes. En ese poblado debíamos esperar a que partiera el
transporte que nos llevaría al llano, un "Commando". Sin comer nada y
con una vestimenta que tenía que llamar la atención, un espeso bigote
que me había dejado al afeitarme la barba, los zapatos de dos tonos sin
tacones, esperamos durante un tiempo que nos pareció interminable, la
salida del transporte.
Por fin partió, repleto de viajeros y nosotros colgados
de la parte posterior. Varios pasajeros nos miraban en forma sospechosa
y pensamos poder ser delatados por un "chivato". Un rato más tarde
cambiamos para el ómnibus cuyo destino era la ciudad de Manzanillo.
Cruzamos por el Central Estrada Palma sin tener problema
y el ómnibus siguió hasta el pueblo de Yara. En ese pueblo vimos que
estaban registrando todos los vehículos que se dirigían por la carretera
hacia Manzanillo.
Desde Las Mercedes nos acompañaba una persona que era el
contacto de los rebeldes en ese poblado. No viajaba junto a nosotros ni
habló una sola palabra. Lo que él hacía lo hacíamos nosotros. En ese
momento se acercó por la ventanilla del ómnibus y nos indicó que
tomáramos un auto que estaba en la carretera, pero en dirección hacia la
ciudad de Bayamo.
Nos bajamos los cuatro del ómnibus y tomamos el auto que
ya estaba lleno de personas. Poco después partía rumbo a Bayamo, sin que
fuera registrado por el ejército.
En el recorrido hacia Bayamo, marchábamos paralelos a la
Sierra Maestra y no pudimos dejar de pensar que en algún lugar de esa
montaña, como todos los días, caminaban de uno en uno sin conversar,
los integrantes de la pequeña fuerza insurreccional.
A pesar de la relativa incomodidad, pues viajábamos más
de diez personas en el auto, sentimos tristeza al alejarnos de la zona
de los rebeldes. También pensaba mientras el auto se acercaba a Bayamo,
en la perfecta organización del M-26-7 que precaviendo el registro en
Yara tenía un auto esperando en la carretera para llevarnos en la
dirección en que no registraban. Estuve tentado expresar un comentario
indiscreto, pero me contuve.
Al entrar en Bayamo fuimos dejando poco a poco a los
compañeros de viaje y cuando ya pensaba nos llevarían a alguna casa del
clandestinaje en esa localidad, se volteó en su asiento la persona que
guiaba el auto y nos preguntó: "¿Y ustedes adónde van?" Comprendí de
inmediato de que todo había sido una ilusión sobre la magnífica
organización y sincronización del movimiento.
Estábamos en Bayamo y nadie nos esperaba ni sabíamos
adónde ir. Como lugar de destino se me ocurrió decir Camagüey,
contestando el conductor del coche que tomáramos la ruta 35 e
indicándonos que en ese momento iba a partir un ómnibus de la oficina
situada en el centro de la ciudad.
Nos bajamos todos en el parque y en las oficinas de la
ruta 35 compramos los boletos hasta La Habana, al informarnos el
empleado que ese vehículo seguía hasta la capital.
Comprendimos que de ahora en adelante dependía de
nosotros el poder burlar la vigilancia del ejército. Antes de entrar
nuestro ómnibus en la ciudad de Holguín el ejército lo detuvo y un
soldado pidió que descendieran todos los pasajeros que tenían equipaje
para ser registrado. Nos quedamos sentados porque no teníamos maletas.
Poco después un soldado subió al ómnibus y lo recorrió mirando fijamente
a todos los pasajeros.
Nosotros íbamos sentados en la parte posterior y tratamos
de lucir lo más inocente posible, pero pensaba que si me registraban
encontrarían los seis rollos con 300 fotos tomadas en la Sierra Maestra,
con mi cámara Minox. Sabía que le llamaría la atención al soldado que un
guajiro mal vestido llevara consigo unos rollos tan extraños.
Los otros compañeros trataron de esconder en los asientos
las cartas que algunos amigos enviaban a sus familiares. Por suerte el
soldado no vio nada sospechoso y dio orden para que continuáramos.
En la oficina de Holguín no pudimos menos que bajarnos y
tomar un refresco, pues estábamos muertos de sed. Al entrar en Victoria
de las Tunas tuvimos que pasar por el mismo tipo de registro, pero
también la suerte nos acompañó. Nos preocupaba que faltaran muchos
registros, pero, por fortuna, no volvieron a registrar.
En el poblado de Cascorro, paró el ómnibus para que los
pasajeros comieran. No habíamos comido nada desde la noche anterior en
casa del guajiro en las Minas del Frío y estábamos hambrientos. Además,
durante el tiempo que pasamos con los rebeldes jamás fue abundante la
alimentación. Había bajado 30 libras de peso.
Pedí una tortilla de papas y
carne con papas fritas. En situación normal lo hubiera podido comer,
pero parece ser que con el racionamiento el estómago se había achicado y
a pesar de lo hambriento que estaba no pude terminar lo que me
sirvieron. ¡Y pensar que dejaba en el plato esa comida tan añorada en
las lomas!
El viaje siguió sin novedad y
cerca de las tres de la madrugada entrábamos en La Habana. Habíamos
decidido descender del ómnibus antes de que llegara a la Terminal,
estimando que la vigilancia debía ser mayor en ese lugar. En el cruce de
la carretera de Rancho Boyeros y la Calzada del Cerro nos bajamos los
cuatro. Agramonte y yo íbamos a casa de un tío de Roberto y Pelayo
Cuervo y Barroso se esconderían en otro luga
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