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La soledad de la luz
Diosmel Rodríguez 
Miami, febrero 2003                                


Cuando lo de humano se embriaga con el licor del patriotismo, una obsesión lo cubre todo, pero no todos van ebrios en la fiesta de la Patria. Con la Patria incorporada marchan muchos y hasta se sitúan en ambas orillas, intercambiándose las posiciones. Por eso, no se ha de esperar, que al mayor esfuerzo se le premie con los mayores honores. En nuestra realidad humana, los atributos se distribuyen y otorgan a quien convenga y se aúpan los caudillos.

El que la estrella como honestidad se ciñe, al parecer de Martí, “Como que riega luz, los pecadores, huyen de quien la lleva, y en la vida, cual un monstruo de crímenes cargado, todo el que lleva luz se queda solo".

La honestidad es incompatible con la mayoría de los intereses de los hombres. Para quien la practica es un freno y muchas veces no es confiable en las actuaciones íntimas de los que piensan, que en la naturaleza humana, sólo son buenos los que otorgan o permiten.

No valdría la pena, si con mediana razón se piensa, dar tanta energía por una causa, en la que hasta se te va la vida, cuando en ella se anidan malignas ambiciones y pretensiones. Aunque por ello se haya expuesto la vida, no se justifica.

Cuando llegué a la prisión de Boniato en Santiago de Cuba, por el mes de junio de 1993, con el alma compungida por la libertad perdida, el miedo a lo desconocido y sin asimilar la causa de mi encierro, porque tenía el concepto de la prisión,  como castigo para los que dañan los intereses de la sociedad, no para los que la defienden, allí estaba Francisco Herodes Díaz Echemendía, un mulato que se creía con el derecho como cubano a liberar los restos de Nuestro Apóstol José Martí de la opresión  y la manipulación de un tirano y llevárselo al extranjero,  donde estarían mejor, según él, "sin patria pero sin amo".

Echemendía me precedía en la prisión por tres años,  y a mí la prisión me parecía eterna, cuando purgar tres años era mi condición. Siete años después de recuperar mi libertad, que ya suman diez desde aquellos días, todavía sigue allí Francisco Herodes Díaz Echemendía.

Cuántos diplomas, premios y demás atributos serían necesarios para compensar al espíritu y el sufrimiento de este ser humano, que hace hasta lo imposible para no sentirse silenciado y desde la prisión de cuando en cuando emite un pequeño gemido, como para demostrar que aún está vivo. Esporádicamente alguien se acuerda de él, cuando  coloca su nombre en una lista de los presos políticos cubanos.

No sé si sería justo contribuir por amor  a una idea, en la que te puede costar la vida, para instaurar otro régimen político integrado por personas con algunas virtudes, pero al final con iguales propósitos a los desplazaron con el triunfo. Hoy ha muchos que comulgan con el dolor de la Patria y eso le da el derecho a vivir de ella, porque para ellos la Patria  “no es ara, sino pedestal”.

Invocando al indio Hatuey, si al paraíso de la Patria van los que se bautizan con su sufrimiento, para lucrar de ella, déjenme hereje, que allí no quiero estar, aunque al final, interpretando a nuestro Apóstol José Martí, con mi luz en la oscuridad, me quede solo