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Un sueño en la Isla del
Encanto Miami, 6 de Febrero de 1999 Mi viaje a Puerto Rico, en los
primeros días de octubre de 1997, cuando apenas hacía unos días había
llegado de Cuba, tuvo una connotación especial para mí. Algo más allá
de lo esperado, pues la emoción de conocer a aquellas personas que ya
eran como parte de una familia: Mario García, Carlos Franqui y el propio
Andrés Candelario fue una emoción que nunca se borrará de mí, como
muestra fiel del sentimiento humano. Para los que nos ha tocado vivir en Santiago de Cuba tantos años, todavía quedan en nuestros recuerdos el Santiago de ayer, con sus calles "retequebién" alumbradas, la bulliciosa ciudad de vitrolas y pregoneros y de carteles comerciales que muchos perduran hasta hoy, viejos y gastados como fieles testigos de un tiempo pasado, esperando el regreso de aquellos que se fueron como el de la marca PHILIS, que desde hace unos meses se encuentra enclavado en la Avenida de las América de nuestra querida ciudad santiaguera. Pero ha pasado tanto tiempo que hasta nos parece que el mundo fue siempre así y que nada debe cambiar. Cuando el transporte creció un poquito al final de la década pasada, los embotellamientos en la ciudad de Santiago de Cuba eran desastrosos, entonces uno se pregunta, ¿dónde está el desarrollo alcanzado, si tenemos las mismas calles, los mismos parques, la misma red de acueducto y alcantarillado y casi hasta los mismos hospitales? Sentí una gran satisfacción al ver el Viejo San Juan restaurado con los fondos de la UNESCO. Y entonces, ¿qué pasó con los fondos que se le dieron a San Cristóbal de La Habana? “O es que se fueron junto con Eusebio Leal a "andar La Habana"? Cuánta imaginación, y saber que todo eso hubiera sido posible, sin el sacrificio baldío de la llamada "revolución". Pero sigo en Puerto Rico, al llegar al aeropuerto me acompaña una muchacha que al bajar del avión en el que juntos viajamos, continuaba hacia República Dominicana. Sin embargo, por su forma de vestir y la de expresarse denotaba en su rostro la humilde expresión de su extracción social, pero podía viajar sin hacerse acompañar por un extranjero, ni tener que ejercer el "jineterismo" al estilo cubano. En mi recorrido traté de visualizar los barrios marginales y quise ver las familias que viven a las orillas del mar, al estilo de mi Santiago. Entonces comprobé que su pobreza no es más que la diferencia en su nivel de vida, con respecto a los que tienen más. Aquí, todos son ricos o acomodados comparados con los ciudadanos medios de mi país. Otra cosa que me llamó poderosamente la atención fue, cómo las zonas agrícolas tienen garantizadas todas las facilidades sociales, incluyendo los servicios de electricidad, comunicación y vías de acceso de primera calidad. Y sus bohíos desaparecieron sin tener que pagar el precio mezquino de la propaganda. Es posible que muchas cosas positivas y negativas se me quedaran sin interiorizar, pero es una realidad visible. Lo que no comprendo es cómo tantos puertorriqueños que a menudo van Cuba, son capaces de solidarizarse con un proyecto social que no ha garantizado el más mínimo de los problemas que ellos ya tienen resueltos. Quien quiera ver cómo será Santiago de Cuba en el próximo siglo, nada más tiene que visitar a Puerto Rico y allí encontrará lo que muchos cubanos hubieran querido conocer y por lo que entregaron lo mejor de sus energías y muchos hasta su propia vida. Porque no tenemos que ser los cubanos los que aspiremos a vivir como los más atrasados, si tenemos el talento y la virtud para vivir como los mejores, porque mi sueño, más que sueño, es una posibilidad. |
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