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La muerte de un central azucarero
Reinaldo Calderín, APLO
SANTIAGO
DE CUBA, Diciembre/2005 (www.cubanet.org) - En el lugar conocido como
Algodonal, un antiguo batey situado entre los poblados de Alto Songo y
El Cristo, en la actual provincia de Santiago de Cuba, se ubicaba el
central azucarero del mismo nombre, Algodonal, antes de la Revolución
cubana de 1959. En lo adelante pasó a llamarse Salvador Rosales.
El batey gozaba de algunos privilegios, con respecto
a los demás asentamientos rurales de la zona, para aquellos tiempos: luz
eléctrica, agua directa por tubería y un buen poder adquisitivo de la
población, ya que la mayoría trabajaban en el central. La gente vivía
con un entusiasmo tremendo, parecía que el batey siempre estaba de
fiesta, y así era. El comienzo de cada contienda azucarera era una
fiesta, pues aseguraba el bienestar y progreso de cada familia del
batey. Así me lo cuentan moradores del lugar, durante una breve visita,
que realicé al hoy demolido central Salvador Rosales.
El central Salvador Rosales, uno de los más
eficientes de la provincia de Santiago de Cuba, varias veces galardonado
como Vanguardia Nacional, fue demolido so pretexto de bajo rendimiento.
Algo muy contradictorio, como contradictorio es todo lo que pasa allí
después de la demolición del central para implementar la "Tarea Álvaro
Reinoso".
El también llamado plan Alvaro Reinoso, según las
autoridades gubernamentales, tiene como objetivo la diversificación
agroindustrial, bajo un programa de redistribución gradual de los
recursos humanos y el redimensionamiento y reestructuración de la
industria azucarera y la agricultura cañera.
La medida ha dejado a más de mil trabajadores de este
central sin sus empleos habituales, se rompieron las estructuras
laborales y sociales y con ello lo que quedaba de tradición y vida del
batey.
El plan contemplaba la demolición de unas 100
hectáreas de caña, para dedicarlas a cultivos varios. De ellas, sólo
seis se lograron sembrar de yuca, el resto se convirtió en terrenos
baldíos, que poco a poco se van transformando en verdaderas maniguas. La
UBPC encargada de explotar dichas tierras apenas cuenta con equipos
agrícolas, los pocos tractores asignados no tienen neumáticos, piezas de
repuesto y carecen del combustible necesario.
Con el decursar del tiempo las promesas se van
diluyendo, los obreros reubicados y transformados en estudiantes, ahora
se les van incorporando otras actividades, como custodios de las viejas
maquinarias y de todos los hierros que conformaban el central. También
se les está exigiendo que participen en los trabajos agrícolas, de lo
contrario se les retira el salario.
Algunos obreros consultados dicen que ya una gran
mayoría pasa de los 50 años, que volver a estudiar ahora es perder el
tiempo, ya que no asimilan los estudios, y que les falta la voluntad
para hacerlo, que llevan muchos años en sus oficios y lo que se les
están enseñando nada tiene que ver con una recalificación laboral.
Mi recorrido me sirvió para
constatar un pueblo que desaparece, su gente, su tradición y lo más
doloroso de todo, comprobar la muerte de un central azucarero que fue
pilar de la primera industria del país.
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